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"El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que de veras siente. Y los que leen lo que escribe en el dolor leído siente bien, no los dos que él tuvo mas sólo el que ellos no tienen. Y así en los rieles gira, entreteniendo la razón, ese tren de cuerda que se llama el corazón". (Fernando Pessoa)

domingo, 8 de abril de 2007

La piesa oscura (Enrique Lihn)

La mixtura del aire en la pieza oscura,
como si el cielorraso hubiera amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia,
símbolo de inocencia
y de precocidad juntos para reanudar
nuestra lucha en secreto,
por no sabíamos no ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies,
dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera
pérdida de sangre vengada a dientes y uñas o,
para una muchacha dulces como una primera
efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda -símbolo de la vida-
la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación,
en un abrir de ojos brillantes y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje,
a imitación de los niños que rodábamos de dos en dos,
con las orejas rojas-símbolos del pudor que saborea su ofensa-
rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso
como en una edad anterior a la invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo.
Y yo mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve,
como en una edad anterior al pecado pues simulábamos
luchar en la creencia de que esto hacíamos;
creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban
apenas a desmentirnos con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo,
mi primo Angel vencedor de Paulina,
mi hermana;
yo de Isabel, envueltas ambas ninfas en un capullo de frazadas
que las hacía estornudar-olor a naftalina en la pelusa del fruto-.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas,
de celdas como abrazos,
de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza,
sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas,
como en la época de su aparición en el mito,
como en su edad de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
El tiempo volaba en la buena dirección.
Se lo podía oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor
cuyo tic-tac se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos
con un ruido de aguas
espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda del molino,
con alas de gorriones-símbolos del salvaje orden libre-
con todo él por único objeto desbordante y la vida-símbolo de la rueda-
se adelantaba a pasar tempestuosamente haciendo girar la rueda
a velocidad acelerada, como en una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas,
como si hubiera envejecido de golpe,
presa de dulce, de empalagoso pánico como si hubiera conocido,
más allá del amor en la flor de su edad,
la crueldad del corazón en el fruto del amor,
la corrupción del fruto y luego...
el carozo sangriento, afiebrado y seco.
¿Qué será de los niños que fuimos?.
Alguien se precipitó a encender la luz,
más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa,
en las inmediaciones del molino:
la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo
a los sempiternos cazadores de niños.
Cuando ellos entraron al comedor,
allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas
-los hombres a un extremo, las mujeres al otro-
en un orden perfecto, anterior a la sangre.
En el contrasentido de las manecillas del reloj
se desatascó la rueda antes de girar
y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos
a la vuelta del vértigo,
cuando entramos en el tiempo como en aguas mansas,
serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre,
al igual que los restos de un mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda,
a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma.
Soy en parte ese niño
que cae de rodillas dulcemente abrumado
de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla
como él de una sola vez y para siempre.

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